Los resultados de las Pruebas PISA 2025, publicados recientemente, confirman que Colombia atraviesa una crisis educativa sin precedentes. El país registró retrocesos significativos en matemáticas y lectura, las dos competencias fundamentales para el desarrollo académico y laboral de los estudiantes. Mientras ciencias mostró una leve mejoría, la brecha respecto a los estándares internacionales sigue siendo abismal y la situación interna del país apenas muestra avances en una década.
Según el informe oficial, Colombia obtuvo 381 puntos en matemáticas (descendiendo 2 puntos desde 2022), 399 en lectura (una caída de 10 puntos respecto a 2022) y 414 en ciencias (ganando 3 puntos). Estos resultados continúan muy por debajo de los promedios de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que en matemáticas alcanza 463 puntos, en lectura 461 y en ciencias 482. La brecha es particularmente alarmante en lectura, donde el mejor país del mundo, Singapur, obtuvo 535 puntos.
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El colapso de las competencias básicas
Lo más preocupante no son solo las cifras absolutas, sino el porcentaje de estudiantes que no alcanza niveles mínimos de aprendizaje. Apenas el 29% de los colombianos logró competencias básicas en matemáticas, el 46% en lectura y el 50% en ciencias. Estos porcentajes contrastan drásticamente con los promedios de la OCDE: 65% en matemáticas, 69% en lectura y 74% en ciencias. Además, menos del 1% de los estudiantes colombianos se ubicó en los niveles de excelencia académica, una cifra que evidencia la profundidad de la desigualdad educativa.
El caso más grave es el de lectura, competencia que ha mostrado un deterioro consistente durante años. Desde su mejor resultado histórico en 2015 (425 puntos), Colombia ha caído progresivamente. En comparación regional, el país ocupa el puesto 28 de 64 países evaluados por la OCDE, posicionándose por debajo incluso de Uruguay, que obtuvo 405 puntos en matemáticas y 445 en ciencias. En matemáticas, históricamente el área de peor desempeño, Colombia mantiene sus resultados en mínimos históricos, con solo 391 puntos registrados en 2018 como el mejor nivel jamás alcanzado.

Una década sin soluciones
El problema trasciende la comparación internacional. Colombia tampoco muestra avances frente a sus propios resultados anteriores. Los expertos advierten que las consecuencias de la pandemia, el ausentismo escolar y las dificultades estructurales del sistema educativo continúan afectando el aprendizaje de millones de estudiantes. A pesar de que el informe reconoce aspectos positivos como la resiliencia y curiosidad de los estudiantes colombianos, también señala problemas crecientes: deficiencias en comprensión lectora, dificultades de concentración y dependencia excesiva de herramientas digitales para realizar tareas académicas.
Mientras los resultados académicos estancados persisten, la discusión política sobre educación permanece fragmentada. La Federación Colombiana de Educadores (Fecode) rechazó que la responsabilidad recaiga exclusivamente en los docentes, argumentando que el desempeño educativo depende de múltiples factores: financiación del sistema, infraestructura escolar, condiciones socioeconómicas de los estudiantes y fortalecimiento de la educación pública. Esta postura coincide con estudios internacionales que demuestran que variables como la pobreza, la alimentación escolar, el acceso a tecnología y el entorno familiar tienen incidencia directa en el rendimiento académico.
Sin embargo, la paradoja permanece sin resolver: si los problemas son conocidos desde hace más de una década, ¿por qué los avances siguen siendo tan limitados? Durante las últimas décadas, la discusión educativa en Colombia ha estado marcada por debates sobre presupuesto, reformas, estatutos docentes y paros. Son temas legítimos, pero mientras se discute, millones de estudiantes continúan sin alcanzar las habilidades básicas que necesitarán para acceder a mejores oportunidades de empleo y educación superior.
La crisis educativa no puede atribuirse únicamente a los maestros. Es evidente que existen problemas estructurales como la pobreza, la desigualdad, la falta de infraestructura y las deficiencias históricas del Estado. Pero también es válido exigir que la calidad educativa ocupe el mismo nivel de prioridad que otras luchas del sector. La realidad es que mientras las discusiones políticas ocupan titulares y espacios públicos, los estudiantes colombianos salen del sistema educativo sin las herramientas suficientes para competir en un mercado cada vez más exigente, pagando ellos el costo de una crisis que todos conocen pero nadie parece resolver.