Cuatro años hablando del universo. Y de pronto, el pollo
Diego Chamorro
Consultor
@diegofchv
Gustavo Petro alertó que el pollo asado pasó de 38.000 a 42.000 pesos y convocó a movilizarse el 14 de octubre por el salario y la comida. No estuvo solo. Alejandro Ocampo pregunta qué movió la inflación y responde con papa, tomate y educación. Camilo Romero, exgobernador de Nariño, dice que la vida está más cara en el arranque del nuevo Gobierno. Esmeralda Hernández alerta por el salario mínimo. Y la actriz y cantante Diana Ángel, voz conocida del petrismo, resumió el momento con una broma sobre los huevos.
La preocupación es legítima, y exigirle resultados al Gobierno de De la Espriella también. Pero el orden de los factores sí altera el producto.

Del universo a la nevera
Recordemos el gran relato. En la ONU, el presidente cerró su discurso con una promesa que dio la vuelta al país: «expandir el virus de la vida por las estrellas del universo». Las redes se llenaron de memes, y hasta su exministro de Educación, Alejandro Gaviria, se sumó al chiste.
En Dubái explicó que el capitalismo, junto con la inteligencia artificial, produce ganancias «hasta el infinito y más allá». Las redes respondieron con Buzz Lightyear.
Del virus de la vida por las estrellas al pollo a 42.000 pesos. La gente no come algoritmos, ni estrellas.

El hambre no es un eslogan
Según el DANE, en 2025 el 22,8 % de la población, más de 12 millones de personas, vivió inseguridad alimentaria moderada o grave. No todos pasan hambre igual, pero millones no logran comer bien con regularidad. Esa cifra no se llenó con discursos.
Una buena intención sin cuenta
A finales de 2025 se decretó un aumento del salario mínimo de cerca del 23 %, con una inflación de 5,1 %. Los trabajadores lo merecían. Pero Fedesarrollo advirtió que un alza así podía empujar la inflación hasta 1,7 puntos. Hoy está en 6,29 %.
Mauricio Cárdenas lo dice claro: el trabajador ganó por el salario, pero perdió por el costo de vida. No es la única causa: el clima golpea la papa y el tomate, y El Niño amenaza. Pero el pollo de un restaurante depende de arriendos, salarios y tarifas.
Y hasta las cuentas flojean. Petro habló de alimentos subiendo 12 % al año; el DANE los ubica en 6,74 %. Y de 38.000 a 42.000 hay 4.000 pesos, no 5.000.
Querer el bien no basta. Hay que medir el bien.

Brasil y la pregunta incómoda
Brasil acaba de mostrarlo. La campaña giró en torno al costo de vida, la corrupción y la inseguridad. Lula, de 80 años, apostó por su trayectoria y por advertir que el país «no volverá a ser gobernado por el fascismo». Flávio Bolsonaro habló de bajar impuestos, poner cámaras de seguridad y de «menos dinero para el Gobierno y más para usted». Ganó la primera vuelta con 47,03 % frente al 45,16 % de Lula.
Una campaña miró hacia atrás y hacia el miedo. La otra miró hacia el bolsillo y la calle. De ahí sale la pregunta que la izquierda latinoamericana debería hacerse: ¿por qué viene perdiendo?
Matías Bianchi, politólogo y director de Asuntos del Sur, lleva años escribiendo que la izquierda necesita reinventarse. Antoni Gutiérrez-Rubí ya lo había mostrado con la victoria de Jair Bolsonaro en 2018: no hay una sola causa, pero sí tres vasos comunicantes. La Biblia, el bolsillo y la bala. Las creencias, el costo de vida y el miedo a la violencia.
Y no es un asunto de derechas o de izquierdas
Lo más revelador es que las izquierdas que ganan lo entendieron primero. Zohran Mamdani llegó a la alcaldía de Nueva York hablando de vivienda y costo de vida. En Berlín, Elif Eralp, de Die Linke, ganó las elecciones del 20 de septiembre con el 25,7 % de los votos, más del doble que en 2023, con una campaña sobre los alquileres. Tiene a Mamdani como referente declarado.
Dos progresistas, dos ciudades, una misma lección: la gente no vota por el relato. Vota por lo que le cuesta vivir.
El metro cuadrado de Nariño
Nariño sabe de grandes relatos. Gobierno tras gobierno, en los últimos años, la clase política ha convocado a la unidad: por la paz, por el desarrollo, por el territorio, y más recientemente con los vientos del sur y la paz territorial. Todos sonaban bien. Todos venían con buenas intenciones.
Hay una unidad que casi nunca se convoca: la unidad alrededor de la nevera.
Porque la nevera no pregunta de qué partido es el gobernante. Pregunta cuánto cuesta llenarla. Y esa pregunta, en Nariño, tiene una respuesta incómoda: el pollo, la papa y el arroz llegan caros no solo por el clima o por la inflación nacional, sino por los caminos que no existen, el transporte que se encarece y la inseguridad que lo frena. Es decir, por cosas que un gobierno sí puede resolver.
Los números lo recuerdan: Nariño aporta cerca del 1,5 % del PIB nacional. La pobreza bajó en 2025, y qué bueno por quienes salieron de ella, pero aún un tercio de la población sigue adentro. Y según la ONU, Nariño es el departamento con más coca del país: cerca de 74.500 hectáreas en 2024, 15 % más que el año anterior.
Mucha unidad en los discursos. Poca unidad para producir, conectar y proteger.
Cambian los lemas, y el hambre no se entera. La unidad que Nariño necesita no cabe en un eslogan: cabe en un camino pavimentado, un mercado cercano y una familia que llega a fin de mes.
La apuesta: escuchar el metro cuadrado
El gran reto de los políticos hoy no es de ideología. Es de oído. Escuchar qué le quita el sueño a la gente: la nevera, el recibo, el arriendo, el bus, la seguridad de la cuadra, el colegio de los hijos. Gana quien escucha primero y propone mejor. Pierde quien sigue hablando mientras la gente hace cuentas.
La política puede empezar con grandes ideas, pero solo cobra sentido cuando llega al metro cuadrado de la gente.
Epílogo con pollo
Y mientras tanto, un detalle curioso: el hambre no logró bajar al presidente de la galaxia, pero un pollo asado sí. Bienvenido a la Tierra, presidente. Aquí el aire es más pesado, el arriendo también, y el pollo cuesta 42.000.
De los demás líderes, de ambos lados, seguimos esperando que se pronuncien con la misma pasión sobre lo que cuesta vivir. Si el pollo sube otros 4.000, quizá todos aterricen.