Por: Diego Chamorro – Consultor estratégico
No es solo Bruce Mac Master. Tampoco es solo la ANDI. Cuando se observan la CCI, Fenalco, la Cámara de Comercio de Bogotá y el lenguaje que acompaña estos movimientos, aparece una pregunta más profunda: ¿estamos ante una sucesión de episodios o frente a una nueva arquitectura del poder?
Hay símbolos que terminan diciendo más que los discursos.
Una corona.
Un rey.
Una pieza de ajedrez.
Una cruz roja.
♟👑❌
Carlos Suárez, estratega de la campaña presidencial de Abelardo de la Espriella —la campaña que lo llevó a la Presidencia— publicó en la red social X esos tres símbolos después de conocerse la salida de Bruce Mac Master de la presidencia de la ANDI. Tres emojis. Ninguna explicación.

Pero en política, especialmente en la política contemporánea, el silencio también comunica.
La corona no necesita decir qué representa. El público completa el significado: poder, privilegio, jerarquía, centralidad. Y cuando la corona desaparece, la interpretación es todavía más sencilla: alguien que estaba arriba ya no lo está.
Por eso sería un error mirar la salida de Bruce Mac Master solamente como un episodio gremial.
El asunto interesante está en la secuencia.

Los de siempre
Durante la campaña presidencial de Abelardo de la Espriella apareció una categoría que resultó mucho más poderosa que las etiquetas tradicionales de izquierda y derecha: «los de siempre».
Era una categoría deliberadamente amplia.
Allí podían caber políticos de distintas procedencias, antiguos adversarios, sectores del establecimiento, figuras de la política tradicional y estructuras que, desde la narrativa de campaña, representaban una forma agotada de ejercer el poder.
No era necesario que todos pensaran igual.
Precisamente ahí estaba la eficacia del concepto.
La frontera no era ideológica.
Era una frontera entre quienes habían tenido el poder y quiénes llegaban a disputarlo.
Ahora esa lógica parece encontrar una nueva representación visual: la corona.
Y eso merece atención.
La corona no distingue entre izquierda y derecha. Un delincuente que controla un territorio puede ser presentado como alguien que tiene una corona. Un dirigente gremial que lleva más de una década al frente de una organización también puede ser convertido simbólicamente en «el que tiene la corona». Un político tradicional puede tenerla. Un antiguo gobierno puede haberla tenido. Un empresario con influencia puede ser representado con ella.
La metáfora permite hacer algo que el lenguaje ideológico no podría hacer con tanta facilidad: poner en una misma escena a personas que, en la realidad, pertenecen a mundos políticos completamente diferentes.
Ese es el salto comunicacional.
La pregunta deja de ser: ¿Es de izquierda o de derecha?
Y empieza a ser: ¿Tiene la corona?
Del símbolo a las instituciones
Aquí es donde la comunicación deja de ser solamente comunicación.
Porque mientras en las redes aparece la narrativa de las coronas que caen, en el mundo institucional se han producido movimientos que merecen observarse conjuntamente.
En agosto, Carolina Soto fue designada para dirigir la Cámara Colombiana de la Infraestructura y su nombramiento fue reversado en cuestión de horas, en medio de cuestionamientos provenientes del entorno gubernamental. Posteriormente, Tatyana Orozco asumió la dirección del gremio.
En septiembre, el Gobierno renovó sus cuatro representantes en la Junta Directiva de la Cámara de Comercio de Bogotá. La junta tiene doce integrantes: ocho elegidos por los empresarios y cuatro representantes del Gobierno Nacional.
Pocos días después, Juan Esteban Orrego, quien durante años dirigió Fenalco Bogotá-Cundinamarca, llegó a la presidencia de la Cámara de Comercio de Bogotá, en un proceso en el que distintos medios reportaron respaldo del Gobierno. La elección formal correspondía a la Junta Directiva.
Y Fenalco no es un actor menor en esta historia.
Su presidente nacional, Jaime Alberto Cabal, fue designado precisamente como uno de los cuatro representantes del Gobierno en la Junta de la Cámara de Comercio de Bogotá.
Entonces aparece una pregunta que va mucho más allá de un nombramiento:
¿Quién está ocupando los lugares desde los cuales el empresariado conversa con el Estado?
Y entonces llegó Bruce
Bruce Mac Master llevaba doce años al frente de la ANDI.
Su salida se produjo después de semanas de tensión con el Gobierno de Abelardo de la Espriella. Mac Master había defendido públicamente la autonomía gremial y había llamado al diálogo. Finalmente renunció el 1 de octubre.
En su carta de renuncia, Mac Master señaló: «He llegado a la conclusión de que me corresponde poner fin a mi ciclo». Agregó que «en las últimas semanas se han presentado circunstancias inesperadas y preocupantes que han hecho particularmente complejo el entorno de la Asociación. Múltiples presiones han afectado su capacidad de actuar libremente».
El Gobierno sostiene que se trató de una decisión autónoma del gremio. Otras fuentes empresariales consultadas por medios han atribuido la salida a presiones del Ejecutivo. Es importante mantener esa diferencia: una cosa es el hecho de la renuncia y otra la interpretación sobre sus causas.
Pero hay otro hecho comunicacional.
Mientras los gremios reaccionaban con cautela —solo cuatro de veintiséis organizaciones consultadas hablaron públicamente después de su salida— sectores cercanos al abelardismo celebraban la partida de Mac Master.
Suárez publicó:
♟👑❌
Y otros actores digitales fueron mucho más explícitos al hablar de «los de siempre» y de la caída de un poder gremial.
Ahí la política institucional y la política simbólica empiezan a tocarse. El silencio de los otros gremios, según académicos consultados por medios especializados, sugiere que el Gobierno tiene «músculo» para influir sobre estas asociaciones, y que ese silencio los deja debilitados por «agachar la cabeza» y asumir que es un comportamiento aceptable.
El verdadero poder no siempre está en el cargo
Esta es quizá la cuestión más importante.
Los gremios no gobiernan.
Pero sí intermedian.
Representan sectores económicos, producen información, negocian con ministros, participan en conversaciones sobre regulación, impuestos, infraestructura, empleo, comercio e inversión.
Por eso controlar —o tener una capacidad creciente de influencia sobre— los canales de interlocución empresarial puede ser políticamente más relevante que controlar un cargo específico.
La ANDI representa una parte sustancial del sector industrial. Fenalco representa al comercio. La CCI tiene una posición central en infraestructura. Las cámaras de comercio tienen presencia territorial. Y el Consejo Gremial Nacional articula a las principales organizaciones gremiales del país.
No estamos hablando, por tanto, de una sola silla.
Estamos hablando de quién se sienta alrededor de la mesa.
Bogotá podría ser apenas el comienzo
Aquí aparece una hipótesis que todavía debe comprobarse.
Si el patrón observado en Bogotá se reproduce en otras cámaras de comercio; si los cambios en gremios nacionales empiezan a repetirse en organizaciones regionales; si las nuevas dirigencias mantienen una interlocución más cercana con el Gobierno; y si, simultáneamente, las redes sociales construyen la narrativa de que «los de siempre» están perdiendo sus coronas, entonces podríamos estar frente a algo mayor:
Una reconfiguración territorial del poder empresarial (y no solo empresarial sino político también).
Pero todavía no estamos ahí.
Decir que el Gobierno ya «tomó el control de los gremios» sería adelantarse a la evidencia.
Lo que sí podemos hacer es formular la pregunta correcta:
¿Estamos viendo cambios aislados o la construcción progresiva de una nueva arquitectura de interlocución entre el poder político y el poder empresarial?
La respuesta no está en un tuit.
Está en el mapa.
El ajedrez
Y por eso el símbolo de Suárez resulta especialmente interesante.
No publicó solamente una corona tachada.
Puso primero una pieza de ajedrez.
♟ → 👑 → ❌
El ajedrez supone un tablero.
Y en un tablero las piezas se mueven, algunas ascienden, otras desaparecen y otras ocupan espacios que antes pertenecían a alguien más.
La metáfora resulta particularmente poderosa porque permite contar la política no como una discusión ideológica sino como una redistribución del poder.
Es una comunicación política más sofisticada que el viejo «izquierda contra derecha».
Porque puede decirles simultáneamente a públicos muy diferentes:
«No importa de dónde vienes. Si perteneces al viejo poder, tu corona puede caer».
La paradoja de la nueva política
Aquí aparece una paradoja.
Una fuerza política que llegó al poder prometiendo romper con las élites tradicionales necesita ahora relacionarse con las instituciones económicas que esas mismas élites construyeron.
La cuestión no es si debe hacerlo.
Todo Gobierno necesita interlocución con empresarios, trabajadores, gremios y territorios.
La cuestión democrática es cómo lo hace.
Si el cambio consiste en ampliar la representación, incorporar nuevas voces y romper monopolios de interlocución, estamos ante una transformación del sistema.
Si, en cambio, una estructura de poder simplemente sustituye a otra y termina reproduciendo la misma lógica de concentración, entonces la corona no desapareció.
Simplemente cambió de cabeza.
Y esa es quizá la pregunta más incómoda de todas.
No se trata de quién perdió la corona
La salida de Bruce Mac Master puede terminar siendo recordada como una disputa gremial.
O puede terminar siendo el primer capítulo visible de una transformación mucho más amplia.
Todavía no lo sabemos.
Por eso conviene observar menos los discursos y más los movimientos.
Quién sale.
Quién llega.
Quién nombra.
Quién respalda.
Quién calla.
Y, sobre todo, quién empieza a ocupar las sillas desde las cuales se conversa con el poder.
Porque detrás de la corona hay algo mucho más importante que un símbolo.
Hay una pregunta sobre el poder:
¿Estamos simplemente cambiando a quiénes llevan la corona o estamos cambiando las reglas del tablero?
Esa es, en mi opinión, la historia que apenas comienza.

Diego Chamorro
Consultor estratégico